Cuando la sabiduria de los pequeños sale al encuentro de los mayores, o el arte de romper paradigmas.

"Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a saber exigir con todas sus fuerzas aquéllo que desea" (Paulo Coelho)


miércoles, 19 de febrero de 2014

Perseverancia.



 #2: ¡Si no se rompe a la primera, prueba otra vez!.

(Lucas, 9 años)

Los niños pueden hacer de todo.
Goethe 


El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación
Ludwig van Beethoven.



     “Tenía apenas tres años y un día dejé de ver. Recuerdo la mano de mi madre sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre...” 


De esta manera comienza Iñaki Gabilondo, su relato de la vida del compositor valenciano Joaquín Rodrigo, recogida en el CD “El niño que soñó la música”; una narración en forma de cuento y ambientada con la música que, en su día compusiera, el maestro.
 

Ciego desde los tres años, su discapacidad no impidió que esta excepcional figura del panorama musical español compusiera “El Concierto de Aranjuez”, considerada su obra maestra, siguiendo las detalladas  descripciones que su esposa le hacía del paisaje de la ciudad. 

"Gracias a mi ceguera llegué a la música", diría en una ocasión.                            

 


Perseverancia.



Otro gran secreto de los pequeños que comparten generosamente con nosotros si nos molestamos en observar en su afán de romper, despiezar y desguazar, para intentar recomponer todo lo que han roto cuando el juguete en cuestión queda hecho mil pedazos, es la perseverancia.

Perseverar…, perseverar…, perseverar…No hay artilugio que se les resista. Si dicen que lo rompen... ¡vaya si lo rompen! Se concentran en la tarea como si nada en su pequeño mundo importase y mereciese más la pena. Sus manos, pequeñas e imprecisas, son capaces de hacer añicos construcciones que les superan con mucho en tamaño, desafiando a  las leyes de la física y del esfuerzo. Nunca se rinden. Y eso es maravilloso.

¿Qué la torre construida con Legos se ha derrumbado? No importa. Sin ningún sentido de culpabilidad ni de auto-crítica, se vuelven a poner manos a la obra, y a por otra. ¿Qué después de desarmar un coche les sobran piezas tras intentar recomponerlo? Ningún problema. Lo desmontan para intentarlo de nuevo…¡y vuelta a empezar!

Pero, con el paso del tiempo, ¿qué sucederá con la perseverancia de esos pequeños? En muchos de ellos, quedará diluida en un mar de indecisiones, de prisas, de falta de tiempo, de paciencia  y de falta de voluntad para intentarlo, de nuevo, una y otra vez.

Como adultos, nos sumergimos con demasiada frecuencia en conversaciones internas repletas de negatividad que nos recuerdan, una y otra vez, cuales son nuestras escasas  posibilidades de triunfar en el empeño: “nunca vas a conseguirlo”, “no te esfuerces, total ¿para qué”, “¿a quién le va a interesar”?, “en realidad, esto es una enorme pérdida de recursos y de tiempo”. 

Y entonces, tiramos la toalla. Abandonamos. Dejamos atrás esa candorosa perseverancia, compañera de viaje de nuestra infancia que tanto nos hizo disfrutar cuando no se nos pasaba por la cabeza plantearnos hasta que punto lo que estábamos haciendo era “ilógico” e “irracional”. Cuando la  palabra “motivación” no existía en nuestro vocabulario, todo lo que necesitábamos para intentarlo, una y otra vez, era ignorar de plano la idea de que no lo fuésemos a conseguir.

En el terreno de lo práctico, pregúntese, por ejemplo, a un profesor de violín quién aprende mejor, si el niño o el adulto, y la respuesta será, invariablemente, que el niño. Y no por una cuestión de capacidades innatas, sino porque, por regla general y en base a una enorme falta de compromiso y de constancia, el adulto se cansa relativamente pronto y abandona, clases y violín,  a los pocos meses de haberse iniciado en el aprendizaje.

Estaremos de acuerdo en que una de las principales características del emprendedor con éxito es su gran perseverancia. No se rinde tan fácilmente ante los fracasos; por el contrario, sigue adelante, a pesar de las dificultades, sin importarle el “qué dirán” o los fallos que arrojen los primeros resultados. 

La historia está llena de ejemplos: las sucesivas bancarrotas de Henry Ford antes de fundar la  Ford Motor Company o la ruina financiera de Milton Hershey, fundador de los chocolates Hershey, que entró, igualmente en bancarrota antes de descubrir la fórmula perfecta para su chocolate.


El fracaso no siempre es el final. Para la persona perseverante, tan solo es un obstáculo más.
¿Reflexionamos?

  • ¿Estás ahora mismo inmerso en algún proyecto que no ves avanzar?
  •  ¿Qué conversaciones tienes contigo mismo?
  • ¿Qué te dices
  • ¿Qué lenguaje empleas al analizar la situación
  • ¿Te escuchas diciendo frases del tipo “esto no va a funcionar”, “que absurdo, mejor tiro la toalla punto”, en lugar de repetirte, una y otra vez “y por qué no?
  • ¿Qué me impide intentarlo una vez más? ¿Qué recursos no estoy incorporando, que de hacerlo darían un vuelco a la situación?.
  •  ¿Qué estoy pasando por alto que impide en realidad que el proyecto funcione?
  • ¿Qué estoy dando por hecho que, de no suceder, impedirá que el proyecto funcione?
  • ¿Qué coste personal tendría para mí abandonar ahora?
  • ¿Cuántas veces he intentado poner cosas en marcha que he abandonado a la primera de cambio,culpando de mi fracaso a factores externos, sin pararme a pensar en qué medida ha sido una mera cuestión de falta de perseverancia para llegar hasta el final?



 Mila Hernán.

2 comentarios:

  1. Anónimo2/20/2014

    Enhorabuena por el blog porque me parece super original el planteamiento.Es cierto que los niños tienen una sabiduría que se nos escapa a los mayores de la que tendríamos mucho que aprender.
    Un saludo. Adela.

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    1. Muchas gracias Adela. Con vuestros comentarios, el Blog crece.
      Slds cordiales
      Mila

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